Hubo una época en que las machas costaban $1. Yo lo recuerdo muy bien.
En pleno centro de Quintero los hombrecitos sacadores profesionales de machas sostenían con toda su fuerza unos enormes sacos llenos pero llenos de machas grandes y frescas.
Lo recuerdo porque mi padre compraba $100 de machas. O sea, compraba 100 machas. Y los 5 comíamos felices ese maravilloso producto que regalaba el mar tan generosamente. En esa época que todo era generoso: el sol, el mar, los bosques.
Quintero era verano. O por lo menos eso simbolizaba. Si cierro los ojos puedo ver y sentir el olor de la casa triángulo a la que íbamos a veranear. La madera era oscura, los muebles austeros, la cocina pequeña, las ventanas mezquinas. Pero las hortensias. ¡Oh Esas hortensias contenían toda la grandeza que a las cosas materiales les faltaba. Eran unas hortensias azules, enormes, robustas, casi de mi porte.
Todo eso y más era el verano del 83.
Un atardecer visto desde la ventana más alta de la casa triángulo. Los niños más grandes jugaban y quizás yo estaba abrazada a mi madre mirando ese cielo que era muchísimo más grande que el de ahora. Y de las ventanas de la casa triángulo salían los sonidos de los pitos de tetera y una tele mal sintonizada y unos italianos que cantaban algo así como un himno veraniego, una canción que cada vez que la escucho me siento en el verano del 83, con mi salida de baño blanca y mis trenzas largas. Es Righeira, un duo italiano fundado en 1981 por Stefano Rota y Stefano Righi que se hicieron famosos con la ultra conocida “ Vamos a la playa”.
Tan simple pero tan veraniega.
Es como si prendiera la radio y volviera a ese balneario de machas baratas y hortensias gigantes.
Con la simpleza de esa canción cualquier cosa simboliza paz y despreocupación. Y cuando la escucho ahora siento eso mismo. Una especie de consuelo por tener que pasar el verano en una oficina. Pero quizás si no tuviera este verano, esa simple y mediocre canción no significaría lo que es para mi: los veranos más entretenidos de todo lo que llevo de viva.
Una canción simple no siempre es una canción mala. Al contrario, es una canción y punto, con toda la grandeza que eso conlleva. Una melodía que si no estuviera ahí no me haría recordar el verano del 83 como lo recuerdo ahora.
Una canción que más allá de su calidad refleja, un poco, como era el mundo antes. Sencillo, en paz y con veranos donde la abundancia no sólo estaba en las machas sino que en todo cuanto me rodeaba.